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El deseo de escribir y el miedo a escribir

Estamos en agosto, a pasos de que llegue septiembre, con todo su movimiento, con todas sus propuestas, con su algarabía de nacimiento perpetuo. Las vacaciones se acaban y con ellas, el verano. Y de ese tiempo en blanco surgen los deseos: desempolvamos aquellas cosas que duermen tristes en el desván de la memoria con una fuerza que no sabíamos que teníamos y consultamos cursos de pintura, de modelismo, de costura, de música, de baile, de escritura.

Después de mirar y remirar las diferentes web, de escribir correos, de consultar, estamos a punto de decidirnos, pero llega el momento y no lo  hacemos. Un día, en la oficina, o luego de comer, o poco después de haber llegado a casa, con los niños ya dormidos, después de abrir un nuevo documento en Word, todavía en blanco, pensamos “Pero qué estoy haciendo… Si nunca seré capaz”. Y el miedo nos atenaza, cerramos el documento y el ordenador. “Ya no estoy para estas cosas, se me pasó el tiempo, y quién me va a leer” pensamos.

El miedo, en realidad, es un compañero del aventurero, pero quien no se aventura nunca no lo sabe. Piensa que el que hace cosas nuevas tiene una extraña fuerza exclusiva de él, de ella, que lo hace seguir hacia adelante. Que el miedo no existe en ellos. Pero no es así. Los que nos hemos aventurado en oficios “extraños” convivimos con nuestros miedos todo, porque vivimos en sitios incómodos.

No por haber comenzado joven uno deja de temer darle la vuelta al mundo en velero a los 50 años, por más experiencia que tengas. A lo que ayuda la experiencia es a saber que el placer de hacer el viaje es insustituible. Y que sentir las manos llenas del aire de la libertad es irreemplazable.

Con la escritura pasa lo mismo. Escribir es viajar y se puede viajar a cualquier edad. Ahora bien, no es lo mismo hacer turismo que viajar. El que viaja tiene que ir apercibido, preparado para el viaje. Si quieres correr una maratón tienes que aprender a correr una maratón. Lo mismo que si quieres subir el K2. O escribir una novela o un libro de cuentos.

Recuerdo que hace un par de años me detectaron el colesterol por las nubes. Me dijeron dieta y ejercicio. En un mes veremos si lo medicamos o no. Mi primer día de gimnasio fue una tortura. Pero después de un mes, mi colesterol había bajado en picado. Seguí yendo al gimnasio, con irregularidad, pero corro cinco kilómetros como si nada. No soy lo que se dice un deportista, pero los corro. Y si me lo propongo, quizá un día pueda correr media maratón.

Así ocurre con la escritura. Lo primero es dejar ese documento en blanco abierto y poner una letra, luego otra y seguir escribiendo. No saldrá nada bonito, seguro. Pero allí estará el germen. Luego toca comenzar a entrenarse. Y qué mejor que con preparador adecuado. Lo podemos hacer solos, pero el camino será mucho más largo y frustrante. Si visitaste una web y encontraste lo que necesitabas, anda, ve, llama e inscríbete. No será fácil si te dicen la verdad, pero aprenderás cosas que no sabías que existían, de ti y de la escritura. Y un día podrás correr una media maratón, una maratón y, quién sabe, con un poco de suerte, publicar.

Una última reflexión: José Saramago publicó por primera muy joven, a los 25 años, pero su obra pasó inadvertida. Volvió a publicar recién el año 77, ya con 55 años. Pero la novela con la que triunfó fue “Memorial de un convento”, el año 82, ¡con 60 años!

Estuvo aprendiendo a escribir durante cuarenta años al menos. Pero persistió, rompió el miedo, encontró y luego creyó en sus palabras. Y al fin y al cabo se trata de eso: encontrar las propias palabras y aprender a plasmarlas en un papel.

¡Animo, nunca es tarde!

23 agosto, 2018

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